Almería: secretos y misterios de la mano de Alberto Cerezuela

4 Enero, 2015  por  Redacción     No comments

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polaroid-albcer¿Existe algo más mágico que tener un libro entre nuestras manos que nos haga pensar, dudar y que no nos deje indiferente? No importa si crees o no en lo que no tiene explicación, porque conocer estas historias va más allá de todo eso. Alberto Cerezuela, apoyado en la rigurosidad de documentos, fotografías y testimonios de quienes comprobaron que todo lugar tiene su lado oculto, nos demuestra en su último trabajo que existe una Almería desconocida que se transforma cuando cae la noche y que esconde enigmas que escapan a la lógica. Os ofrecemos tres extractos de algunas de las historias que se ocultan en las páginas de ‘Almería: secretos y misterios’ (Editorial Círculo Rojo).

LA DAMA BLANCA

La presencia de una ‘dama blanca’ es para mí la parte más interesante de todo lo que rodea al Monasterio del Saliente en Albox. A lo largo de todos estos años y tras muchas entrevistas, he comprobado que se ha presentado ante infinidad de personas. Hay quienes aseguran que es la propia Virgen, y que siempre que aparece ocurre algún milagro, como el de la historia de un señor de Lorca que tenía una hija enferma en el hospital. Una tarde, los médicos le dijeron que le quedaban pocas horas de vida, y el padre decidió coger el coche e ir a pedirle a la Virgen. No sabía si el santuario iba estar abierto, ni siquiera si podría acceder a él, pero algo dentro de sí le empujó a emprender ese viaje. Cuando llegó a la explanada de el Saliente, sus malos augurios se confirmaron: no era horario de visita y, por lo tanto, la ermita estaba cerrada. De igual forma, él tuvo una sensación agradable. Le servía con haber llegado hasta allí, y le pidió a “la pequeñica” desde fuera del recinto. En ese momento, una de las puertas se abrió y salió un monje. El hombre se acercó a preguntarle pero antes de que pudiera articular palabra, el religioso le dijo «entra, la Virgen te espera. Me ha dicho que esta noche iba a venir alguien a hablar con ella».

cita-alm1A los pocos días, la dama blanca se volvió a ver por los alrededores, pero lo más sorprendente es que la hija del señor de Lorca se curó. Cuando volvió al hospital, los médicos le confirmaron la asombrosa recuperación de su pequeña. Precisamente dentro de la ermita son frecuentes las situaciones extrañas. Estando cerrada y sin nadie en su interior, se escuchan ruidos, como si estuvieran arrastrando muebles o los propios bancos, pero al abrir la puerta no hay nadie y todo está en orden. También se han escuchado cánticos en latín cuando no está abierta. Como si una misa de otro tiempo se estuviese celebrando en su interior (…)

(…) Los testimonios más impactantes los he recogido en boca de quienes han pasado la noche en la hospedería. Una de ellas fue María González, de Albacete, que entró a su habitación por la noche, dispuesta a acostarse tras haber disfrutado de una agradable jornada de turismo. «Al abrir la puerta sentí que allí había alguien más. No le di mayor importancia ya que me encontraba bastante cansada, pero cuando me desmaquillé y salí del baño, vi a una mujer en la habitación. Estaba de espaldas, mirando por la ventana. Le grité pero no reaccionaba. Me dio tanto miedo que me fui de allí. Cuando volví con mis amigos para inspeccionar la habitación, ya no estaba. Pero estoy segura de que la vi. Llevaba una especie de camisón blanco, muy antiguo. Como los que se solía poner mi abuela». Lo más sorprendente de todo esto es que un conocido de María estuvo en el Saliente un año después. Ella no había querido contarle nada para evitar que se sugestionase, pero tiempo después, en una reunión de amigos, este chico confesó haber vivido una experiencia similar. «Estando en la explanada del santuario, bien entrada la noche, giré la vista atrás porque me pareció escuchar una voz. Entonces me pareció ver en una de las ventanas a una mujer de blanco que me observaba. No sentí temor alguno, al contrario. Después pregunté en recepción y me confirmaron que no había alojada ninguna mujer con esa descripción».

Monasterio del Saliente en Albox

Monasterio del Saliente en Albox

“NO ERA DE ESTE MUNDO”

(…) Hoy, ya jubilado, este Guardia Civil ha tenido el valor y la honestidad de compartir su vivencia con nosotros. Serían aproximadamente las dos de la madrugada cuando los tres compañeros se percataron de que algo no iba bien. «Llevábamos un buen rato escuchando los ladridos de los perros de los vecinos. Estaban muy inquietos, como alterados por algo. Como teníamos puestos los chalecos antibalas, decidimos salir a ver qué ocurría, por si había que defender el cuartel ante cualquier ataque». Situados en la tercera planta, y en posición de alerta, Juan y sus compañeros quedaron paralizados. Un gigantesco foco de luz los iluminó completamente. «Era una luz color calabaza intenso. Casi roja. Nos enchufó durante casi dos minutos». Ese periodo de tiempo se hizo eterno para Juan Mesa y sus amigos, que vivieron momentos de auténtica tensión. «Monté el cetme dispuesto a disparar, pero mi compañero me gritó para que no lo hiciera. ¡Espera, Mesa! ¡Tranquilo! Y por suerte no lo hice. De lo contrario, seguramente me hubieran llevado preso».cita-alm2

Lo que tenían sobre sus cabezas no era de este mundo. Al menos no un aparato que se conociese en ese momento (ni ahora). «Estaba sobre la Iglesia y sobre el cuartel. Era inmenso, podía tener unos 50 metros de diámetro. Y tenía forma redonda, como un disco». Juan Mesa está convencido de ello porque podía ver uno de los laterales del platillo. «Casi rozaba los tejados de las casas, así que no podía ser un helicóptero o un avión. ¡No hacía ruido!». Los Guardias Civiles tuvieron tiempo para ver que el aparato o lo que fuese tenía un color gris tirando a acero, y en su parte inferior se veían lo que parecían ser compuertas con tornillos. «La luz que nos irradiaba venía de un círculo que tenía en la base. Permanecía estático, sin girar».

Pasado ese tiempo de desconcierto, la luz se apagó y el aparato arrancó desde cero. Los tres guardias atravesaron corriendo el cuartel para situarse en la habitación del otro extremo y ver hacia dónde se dirigía la nave. Cuando llegaron a la ventana comprobaron que no era una, sino dos. «Había otro disco más, y se habían desplazado muchísimos metros. ¡Iban a una velocidad increíble!». Además, los dos aparatos hacían movimientos en zigzag, se intercambiaban de posición e incluso parecía como si estuvieran jugando entre ellos. «Fue algo asombroso. Nunca lo olvidaremos». Nuestros protagonistas tardaron bastantes minutos en reaccionar. ¿Qué podían hacer? Si daban parte a sus superiores abrirían una investigación, les harían preguntas y se podían jugar su carrera. Eran jóvenes y buscaban un futuro para sus familias, así que decidieron callar.

El testigo, Juan Mesa, durante la entrevista con el autor

El testigo, Juan Mesa, durante la entrevista con el autor

EL CORTIJO LA JOYA

(…) Los jóvenes quisieron ir a investigar al cortijo de “La Joya”, que llevaba varios años abandonado, casi derruido. Entre el vecindario corrían varias leyendas referentes a él, en especial la que tenía que ver con el espectro de una mujer de otra época que aparecía en las noches más oscuras, cerca de la carretera que bajaba del cortijo, en busca del agua que antaño daba el manantial de la Peinada. Los más ancianos del lugar aseguran que de verdad existió esta chica, situándola a principios del siglo XX. Allí había una fuente de cuyas aguas se decía que tenían la capacidad de levantar el ánimo de las personas, y de curar ciertos achaques. Recuerdan a una mujer de clase humilde pero siempre muy arreglada y peinada, que recorría la carretera bien entrada la noche para beber del manantial. Nadie sabía su nombre, y nadie intentó conocerlo puesto que el miedo se apoderó de los vecinos cuando comenzaron las primeras habladurías: «¿Por qué acudía cada noche en soledad allí? ¿Era una mujer real o una espíritu?», comentaban. Hasta que un día desapareció. Nunca se la volvió a ver merodeando la zona.

cita-alm3Esos pocos datos bastaron para despertar la curiosidad de Ángeles y sus amigos. En torno a la medianoche llegaron al cortijo, que solo conservaba sus cimientos. Venían provistos de todo tipo de utensilios: comida, linternas… y una grabadora que les había costado los ahorros de varios meses. Iban en busca de psicofonías, de las voces que provienen del otro lado. Se acomodaron como pudieron entras las matas y la maleza que poco a poco iban comiéndose la zona. Nada quedaba del esplendor que ese caserón tuvo durante la primera mitad del siglo pasado. El cabecilla del grupo, ayudándose con una linterna debido a lo escarpado del terreno, dejó la grabadora sobre una piedra situada dentro de lo que quedaba de la casa. Los chicos pasaron la noche entre juegos, risas y confidencias, hasta que a las 6 de la madrugada uno de ellos decidió coger el aparato y volver a casa. Se emplazaron a media tarde para poder escuchar los resultados, ansiosos por si habían podido captar algún sonido del más allá.

La casa de Ángeles fue la elegida para la reunión. Ella preparó café y varias infusiones para sus amigos, que estaban expectantes por saber si la grabadora había recogido algo interesante. Tras casi una hora de escucha, terminaron por desanimarse. Solo se oía el viento, el ruido de algún camión al pasar por la carretera, y el canto de varios grillos. Cuando los jóvenes estaban recogiendo la mesa dispuestos a poner su interés en otro cometido, tres golpes secos les hicieron estremecer. Se escuchaban claramente, pero no alcanzaban a distinguir si eran pisadas o el toque en una puerta antigua. «¿No habréis cambiado la cinta en un descuido para hacer la gracia?», dijo una de las chicas, quizá esperando una respuesta afirmativa. Sin que diera tiempo a que alguno de sus amigos respondiera, surgió el sonido que hace un cerrojo antiguo (el chirriar del hierro y el abrir de una puerta). Y acto seguido, el arrastrar de varias sillas. ¿Qué era aquello? ¿De donde provenía si allí no había nadie? Antes de que pudieran reaccionar, un escalofrío les recorrió el cuerpo cuando escucharon perfectamente algo parecido a un palitroque, y de fondo una leve música de guitarra. Sus caras eran un poema. Ninguno se atrevía a articular palabra, seguramente porque el nerviosismo se lo impedía. El cabecilla fue el más valiente y el único que dijo algo: «¿No escucháis a gente cantar o hablar? Yo sí». Decidieron subir el volumen para comprobar si su amigo llevaba razón, pero alguno se arrepintieron de haberlo hecho. Se oía claramente la voz grave de un hombre que parecía rezar y, cuando paraba, un grupo de gente le contestaba. De fondo, el llanto de una mujer desconsolada. Aquello pudo durar unos 6-7 minutos hasta que volvieron a tocar a la puerta. Tras varios segundos de silencio, otros tres golpes secos que dieron paso a la naturaleza y la noche. Volvió el sonido ambiente. Como si aquello fuese un extracto acústico que se había colado en la grabación. «A mí me sonaba como cuando se ponen los clavos en un ataúd antiguo», dijo Carmen, otra testigo, en referencia a los golpes. «Yo escuché varias veces la cinta y tardé en poder asimilarlo. Algunos de los que estaban allí ni siquiera lograron hacerlo nunca». Una de las presentes tuvo que ir al médico porque no podía dormir, y otra estuvo durante más de un mes sin apagar la luz de la habitación cuando se acostaba.

La cinta que grabó lo imposible

La cinta que grabó lo imposible

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Extractos de ‘Almería: secretos y misterios’ de Alberto Cerezuela
© 2014 Círculo Rojo

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