Bélmez: Donde no existe el tiempo

8 septiembre, 2014  por  Redacción     No comments

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Texto: Clara Tahoces

 

Escribo desde la emoción; nada de lo que sigue tiene carácter científico. Es así como quiero que sea. Quiero dar voz a mis emociones, permitir que florezcan para conservar en el tiempo este momento lo más vivo y puro posible. No quiero escatimarles nada de lo que sentí, ni guardármelo para mí.

18 de Agosto de 2014

Cuando llegamos a Bélmez, Iker tuvo una intuición, y la formuló en alto: “Quizá esta noche nos sorprenda algo”. Debo decir que después de la experiencia vivida la temporada pasada en el colegio abandonado, junto a Javier Pérez Campos, me costaba creer que algo volviera a sorprenderme de manera tan intensa. Pero sé con el ánimo al que llego a los lugares que visito. Supongo que todos tenemos una imagen estereotipada de cara a la gente que nos ve o escucha. En mi caso, hay quien habla de mí como “escéptica” y también hay quien me tiene por una “creyente”. Seguramente, el punto intermedio sea el más acertado. Pero, como digo, yo sé cuál es mi ánimo. Siempre llego con el máximo respeto, sin esperar nada, pero abierta a todo cuanto pueda ocurrir. Es una forma de percibir el mundo que practico desde hace muchos años. Sé que los fenómenos de los que hablamos son reales (no puedo decir otra cosa, porque los he vivido en varias ocasiones. Y negarlo a estas alturas sería engañarme a mí misma). Si pensara que esto no es así, me dedicaría a otra cosa. Cambiaría mi rumbo y me centraría en otros aspectos de la vida, igual de interesantes. Pero en mi ánimo siempre ha estado la curiosidad, las ganas de aprender –porque en realidad tengo muy pocas certezas, por no decir, ninguna– y no dar nada por sentado. Cuando creemos que sabemos cómo funciona todo, es cuando empezamos a dejar de crecer, a estancarnos. Hay que tener los ojos abiertos y dejar que todo fluya. Ésa es mi forma de ver las cosas. No digo que sea la acertada, sólo es la mía.citaclara1

Pensé que esas sorpresas de las que hablaba Iker vendrían en forma de psicofonías (que también vinieron) o por los análisis de las caras (mucho más inquietantes). Incluso por la posibilidad de descubrir que había nuevas formaciones en la vieja casa de María, en Bélmez de la Moraleda. Pero lo que pasó la noche del 18 al 19 de agosto de 2014, rompió una vez más mis esquemas, y ha servido para recordarme que estoy haciendo, para mí, la labor más gratificante; la que siempre he deseado hacer.

Pero voy a contar las cosas tal como las viví, para introducir al lector en esa atmósfera y acercarle mis sensaciones del modo más fiel que pueda.

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374 programas después, el equipo de Cuarto Milenio ponía rumbo al más grande de los misterios españoles (Foto: Annaïs Pascual)

Antes de llegar, obviamente, había repasado toda la historia del “caso Bélmez” a través de las diferentes investigaciones que se habían realizado. Eso incluyó, por supuesto, escuchar grabaciones de otros investigadores, leer su conclusiones, observar fotografías de las caras… Lo que quiero decir, es que llevaba tiempo preparando este viaje, tanto mental como activamente. Y tenía muchas ganas de hacerlo.

Sin embargo, no puedo ocultarlo: al pisar aquella casa, una pequeña sombra de decepción asomó en mi interior: apenas quedaban caras… Se estaban diluyendo lentamente con el tiempo y quizá algún día las que aún perduran, desaparezcan del todo.

citaclara2Los hijos de María nos dijeron que había nuevas formaciones. Cada uno de ellos, con una vara, intentaban mostrárnoslas, como si temieran que el fenómeno se perdiera en el olvido. Yo atendía a sus indicaciones, pero no veía prácticamente nada. Para mí, lo que me mostraban eran, como diría el bueno de Guillermo León, simples pareidolias. Eso no eran caras perfectamente formadas como las de antes… No eran “La Pava”, ni “El Pelao” u otras que antes hubo y que ya no están.

Sólo comprendí lo que ocurría al pasar cierto tiempo en la casa. Ellos estaban bajo el “embrujo Bélmez”. Cuando llevas un tiempo dentro, empiezas a ver. Y no me refiero a las caras, sino a la atmósfera que allí se respira. Es como si al traspasar el umbral de la casa, el tiempo se rigiera por otras leyes; como si algo lo ralentizara entre esos cuatro muros. Y no hablo de algo similar a la sensación de opresión que vivimos Carmen Porter, Paloma Navarrete y yo en la casa de los crímenes de Antonio Grillo, por ejemplo, sino de una densidad distinta. No hubo “mal rollo” excepto en un lugar muy concreto (el baño), sino una intensidad única, como cuando un imán ejerce su campo magnético y te atrapa. Tenía la sensación de estar dentro de una cueva, bajo tierra, donde el tiempo no cuenta ni existe. Dicho en otras palabras: se percibía aún la esencia de María, la mujer que habitó aquel lugar y que abandonó este mundo hará diez años. Así lo sentí yo, al menos. No llegué a conocerla, así que nada puedo decir sobre ella de primera mano. Y, sin embargo, percibí esa esencia de la que hablo con tal intensidad que pondría la mano en el fuego si fuera necesario. Otra cosa que noté, para dejar constancia de todo, es que en algún momento me sentí observada, no sé por quién, pero así fue.

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La inconfundible y mítica cocina de María, en penumbra (Foto: Annaïs Pascual)

No obstante, lo que vivimos en un instante concreto de la noche, me dejó sin palabras. Primero, mi fiel grabadora se bloqueó. “Eso pasa a veces”, dirán algunos. Sí, claro que pasa, pero el mensaje que apareció en la pantalla de mi grabadora, nunca había aparecido a menos que hubiera estado horas y horas grabando con ella y no quedara espacio en la memoria. No era el caso. Evidentemente, la grabadora estaba limpia de archivos. Me encargué de hacerlo con antelación (como les digo, preparé este viaje con mucha ilusión y minuciosidad). Y no podía creer lo que veían mis ojos: “memoria llena”. “Pero ¿llena de qué? –me preguntaba–. Si sólo ha grabado 14 minutos hasta detenerse”. Con incredulidad, miré las propiedades de la memoria interna del dispositivo. Marcaba que había 8 gigas de disponibles. Eso son muchas horas de grabación… Por más que lo intenté, no hubo manera de seguir grabando más que con una tarjeta SD que, afortunadamente, siempre llevo, y que introduje en la ranura correspondiente. Luego no era que la grabadora se hubiera estropeado, como comprobaría después en Madrid al formatearla y restablecer todos los ajustes de fábrica. Simple y llanamente, no quiso grabar.

No era, si embargo, el único recurso del que disponía, y mi Ipad y sobre todo mi ordenador, conectado a un micrófono de triple cápsula registró lo que ocurrió a continuación; para mí, lo más importante de lo que pasó aquella noche en Bélmez…

Javi llevaba dos sensores que se activan por movimiento. Colocó uno frente a “La Pava” y otro en la escalera mientras todos los que estábamos en la casa nos dirigíamos al dormitorio de María, en el piso superior. Un lugar sagrado al que nunca permitía el acceso.citaclara3

Al poco de hacerlo, el sensor frente a “La Pava”, empezó a sonar. Bueno, será casualidad, me dije. Pero volvió a hacerlo… sólo ése. El sensor de la escalera estaba mudo. Cuando sonó cuatro veces, pensé que tal vez ese sensor estuviera defectuoso, pese a que Javi los había estado probando antes de realizar el viaje en su propia casa. Bajamos para descubrir qué sucedía… y en ese instante saltó, desafiante, delante de nuestras narices un par de veces más.

Carmen tuvo una idea que, para mí, fue crucial. Sugirió que cambiáramos los sensores. Si estaba defectuoso, el otro, el que estaba en la escalera y que sólo había saltado cuando debía, es decir, cuando pasamos por delante, no tendría el mismo comportamiento.

Lo hicimos.

Pero como si algo quisiera dejar constancia de que aquello no era un error ni tampoco una confusión, el nuevo sensor comenzó a saltar, y esta vez con menos intervalo entre una activación y otra. Arriba, Iker, Carmen y los hijos de María habían pedido una señal y el sensor se volvió loco. La atmósfera había cambiado. Definitivamente, allí estaba ocurriendo “algo” (no puedo definir qué, pero mientras escribo estas líneas, rememorando aquello, vuelvo a notar mi vello de punta). No era miedo, en absoluto, lo que sentíamos; era pura emoción. Ese escalofrío que hace que tu cuerpo se erice y no puedes explicar por qué sucede, pero sabes que está sucediendo.

El sensor saltó casi 30 veces aquella noche, coincidiendo con unos minutos mágicos en los que la atmósfera cambió y se hizo más intensa. Está todo grabado.

Carmen y yo bajamos y nos quedamos en la vieja cocina. Hoy convertida en salón, y ella habló al aire, a una hipotética María, tranquilizándola, sentándose en su sillón, donde ella pasaba las horas muertas. Y de pronto todo cesó. La atmósfera volvió a la normalidad y todos sentimos que aquello, fuera lo que fuese, había desaparecido. El sensor no volvió a sonar más. Y todos comprendimos que lo que allí había ocurrido era real.

Ahora pueden venir las reflexiones más o menos lógicas (yo también me las he hecho): que nosotros, con nuestra mente, provocamos todo eso, que hicimos saltar el sensor sólo con nuestra intención, porque deseábamos que así ocurriera. Podría ser, no lo sé. Pero tan misteriosa me parecería una cosa como la otra. Si hubo algo ajeno a nosotros que hizo todo aquello o si fuimos nosotros, insisto, no lo sé… Pero lo que sí sé es lo que sentí. Ese clima, esa sensación de que nos estábamos “comunicando” con algo, fue auténtica. Y yo no la había sentido antes con esa fuerza. Para mí, como para todos los que estuvimos en esa casa, queda lo vivido, lo sentido. Esa inyección de energía positiva, la guardaré siempre como un regalo; un maravilloso regalo que hoy comparto con ustedes.

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