El Rayo de la muerte: El triunfo de la ética o el olvido

16 Noviembre, 2014  por  Redacción     No comments

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No sé en que lugar de la Historia ni por qué motivo, se perdieron algunos de los nombres españoles más destacados. Perdidos de los libros, de la tradición oral, de los homenajes, de los galones con los que mostrar orgullo.

De algunos “solo” hemos perdido su cuerpo; de otros, casi todo lo que hicieron, y tan solo quedan pequeños reductos donde poder encontrar algo de información de los mismos.

No me refiero a ningún tipo de salvapatrias, sino a personas que con su ingenio, brillantez, en su mayoría visionarios, adelantados a su tiempo, hubieran contribuido, de haber nacido en otro país y en otras circunstancias, a llenar los panteones de hombres ilustres, y se les rendiría justo tributo en fiestas señaladas.

Pero nuestra idiosincrasia es diferente, distinta, atípica en la mayoría de las ocasiones.

citarayo1Si nos ponemos a pensar en el inventor de la radio, el primer impulso de la memoria será visualizar el nombre de Marconi… otros, inconformistas del simple titular de la noticia, llegarán a perfilar otro gran nombre, como fue Nikola Tesla, y, después de eso… solo algunos acabarán acercándose a la figura de Julio Cervera, un nombre que suena demasiado español y que parece muy poco atractivo de cara al marketing… pero que fue, en gran medida, precursor de este medio de comunicación tan revolucionario.

Pues bien. No sólo con la radio o la máquina de Rayos X de Mónico Sánchez nos ha ocurrido algo similar, sino que los españoles también hemos estado a la vanguardia de otros proyectos de envergadura, como es el caso de Antonio Longoria, el creador del “rayo desintegrador”, algo que “a priori” puede parecer bastante apocalíptico.

Este artilugio nació, como en muchas ocasiones, como algunos grandes hallazgos, por casualidad. Nuestro protagonista se encontraba investigando técnicas de cura contra el cáncer, mediante altas frecuencias y, prácticamente sin querer, creó esta maquinaria extraña, capaz de licuar la sangre de un ser vivo a cierta distancia, disparando un rayo mortal. Parece ser que este artefacto era capaz de atravesar hasta gruesas planchas de metal y aniquilar -sin dolor aparente- a los sujetos (animales) que se encontraban al otro lado.

La réplica del 'rayo de la muerte' realizada por Juan Villa / Prometeo

La réplica del ‘rayo de la muerte’ realizada por Juan Villa / Prometeo

Esta particular historia es la que se ha llevado a escena por el equipo de recres de Cuarto Milenio, esta vez comandados por el realizador Manuel Romo. La historia era potente pero no fácil de presentar en escena. Crear el aparato, como no podía ser de otra forma, corría de parte de nuestro artesano Juan Villa, y los chicos de producción encontraron lo que me pareció una localización perfecta para ubicar, en 2014, una historia que se remonta al periodo de entreguerras.

Cables, aparatos, máquinas de hacer máquinas, un taller, polvo, cachivaches varios y luz. Esa luz tan dramática que consigue crear un efecto de empatía con la historia, dotándola de una expresividad intensa y misteriosa a la vez.

Como siempre me sucede en este tipo de grabaciones, observar a través del objetivo cómo todo se desenvuelve es un aprendizaje suave y continuo. citarayo2

En una sola jornada se presentaron y grabaron todas las secuencias de ascenso y declive de la creación de nuestro “Longoria” particular, aprovechando localizaciones anexas, ayudados por semovientes venidos de empresas colaboradoras, y gracias al trabajo que todos hacen para crear lo que me gusta llamar un ambiente “profílmico”, es decir, que la coherencia existe desde el raccord de acción hasta el modelo de gemelos que lleva el actor en una secuencia determinada. La ambientación es casi ritual, se cuida el detalle y se mima para que el espectador vea algo parecido a lo que podría evocar en su imaginación si oyese esa misma historia en la radio.

Al final de la historia, como toda estructura, existe un momento de clímax, que es cuando el inventor destroza la máquina… habéis visto la secuencia, esa toma única tiene que salir bien a la primera, y eso requiere ensayar al dedillo los movimientos, porque no puede salir mal, ni verse lastimado el actor o el operador de cámara, ni el mismo equipo.

Es un momento potente, lleno de ira. Longoria se da cuenta de que ha creado una arma devastadora y decide aniquilarla antes de que sea demasiado tarde. Es una lección de integridad. El plano de la quema de papeles y los restos del rayo es una purga de conciencia clarísima, y la interpretación clava la angustia espiritual que debió vivir nuestro compatriota durante ese delicado trance.

Los restos del ingenio, condenado al olvido

Los restos del ingenio, condenado al olvido

Por último, tras su muerte, sabemos que se colocó en su tumba una lápida que reza un enigmático epitafio: “¡Dijeron que no se podía hacer! Él lo hizo”.

Antonio Longoria, creyó, por encima de sus sueños, en sus posibilidades, eso hizo que consiguiera cosas que no sabía que eran imposibles. Por eso las realizó.

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