Los fantasmas del cemento

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Texto: Javier Pérez Campos

 

PRIMERA PARTE
Junio 2014. La toma de muestras.

– Si aquello fue un fraude, ¿por qué nunca quedó claro del todo?
– No hubo pruebas definitivas… Y, cuando se hicieron, siempre hubo motivos para poner en duda los resultados.
– Pues aún hay gente convencida de que la teoría del fraude se demostró.
– Lo que yo creo es que si la familia estuviera ocultando algo no nos habrían facilitado la toma de muestras…

De pronto, en aquel penúltimo lunes de junio, la mesa del humilde restaurante situado a los pies de Bélmez de la Moraleda se había convertido en una mesa de debate. Estábamos a solo unas horas de iniciar un momento histórico: un científico recién llegado de Valencia iba a extraer muestras de las caras de Bélmez para llevar a cabo un análisis en laboratorio con los métodos del siglo XXI. Además, otro científico iba a analizar las caras in situ; un doble análisis cuyos resultados serían definitivos para dar carpetazo a un enigma de 43 años.

javibelmez1Y allí me encontraba, junto al criminólogo y criminalista forense Luis Alamancos, la fotógrafa Annaïs Pascual y el operador de cámara Guillermo Seijo. El equipo especial de Cuarto Milenio enviado para registrar el momento debatía sobre el origen del misterio y todas sus aristas bajo un calor de justicia.

Yo había pasado gran parte de aquella mañana en la notaría de Huelma, rellenando unos papeles para que todo el proceso de la recogida de muestras fuera pormenorizadamente registrado por un notario, que posteriormente daría fe de la minuciosidad de la técnica través de un acta notarial. No podía quedar ningún cabo suelto; esta respuesta debía ser la definitiva.

Tras el café de rigor subimos al coche y nos dirigimos al número 5 de la calle María Gómez Cámara… La casa del enigma.

Nos recibió Miguel Pereira, hijo de María y dueño de la vivienda, junto a su esposa María Jesús, y fue enseñándonos aquellos rostros marcados en el suelo. Parecían poco evidentes, como si el fenómeno estuviera dando sus últimos coletazos. La más visible era la conocida como «La Pava», que parecía observar con sarcasmo todo lo que ocurría tras el cristal en que fue emplazada al poco de surgir. En su día, el investigador José Martínez Romero la bautizó como «teleplastia dominante», porque parecía uno de los rostros en torno al cual giraba el misterio.

Pero otra de las más visibles era la bautizada como «El Pelao»; la imagen de un anciano que en su día también levantaron del suelo, y que hoy se encuentra apoyada contra la pared en el interior del fogón donde se desencadenó el fenómeno.

Aprovechamos aquellos minutos para fotografiar el suelo. Además, esos instantes eran importantes para tranquilizar a la familia y dejarles claro que nuestra intención era causar el menor daño posible a aquellos rostros…

José Javier Gracenea llegó a la hora estipulada, portando un enorme maletín. Su currículum fue clave para solicitar nuestra ayuda: es doctor en química orgánica, director de MEDCO, una ingeniería química especializada en pinturas y recubrimientos, líder mundial en ensayos de corrosión y, además, iba a analizar las muestras en las instalaciones del Parque Científico de la Universidad Jaume I de Castellón. Un análisis al amparo de la Universidad.

Tras los saludos y presentaciones pertinentes, el químico se dirigió directo al fondo de la sala, donde se encontraban aquellas imágenes surgidas misteriosamente en el cemento. Mientras él observaba minuciosamente cada detalle llegó María Elena Ramos, notaria de Huelma, que iba a dar fe del proceso.

Entonces, sin perder un minuto, nos pusimos manos a la obra…

Durante casi una hora, José Javier, con ayuda de Luis Alamancos, fue extrayendo limpiamente, con un cincel, maza, y pinzas, diversas muestras de la parte coloreada y sin colorear de «El Pelao». Era importante saber si había diferencias entre la parte “con mancha” y la parte “sin mancha”… Durante aquellos largos minutos, todos observamos atentamente aquella escena mientras la notaria tomaba notas en silencio.

José Javier Gracenea extrae diversas muestras de la cara conocida como «El Pelao» para su posterior análisis en laboratorio. María Elena Ramos, la notaria, toma nota de todo (Foto: Annaïs Pascual)

Se había creado un ambiente especial. Los allí presentes éramos conscientes de la importancia del momento. Ya nadie podría tirar por tierra los resultados alegando que las muestras estaban mal tomadas.

Y mientras la tarde corría silenciosa por las solitarias callejuelas del pueblo, en el interior del hogar se había instalado un silencio respetuoso y casi reverencial. Era un momento clave. Era un momento histórico…

Detalle de la muestra extraída por José Javier Gracenea para su estudio en laboratorio (Foto: Annaïs Pascual)

– Ésta es la última muestra – explicó José Javier mientras delicadamente introducía con unas pinzas un trozo de cemento en la última bolsa hermética.

La notaria recogió la misma, y escribió en ella con sobre indeleble: Muestra 2 – “El Pelao” C/M (Con mancha).

María Elena procedió entonces a introducir cada bolsa en un sobre, y a su posterior lacrado. Era un momento histórico, y nuestra cámara el testigo privilegiado encargado de inmortalizarlo.

La notaria toma nota de cada detalle para dar fe del proceso (Foto: Annaïs Pascual)

La notaria se llevó las muestras para enviarlas al laboratorio desde su despacho; una vez el químico tuviera los resultados, nos explicó, le serían enviados de nuevo a su despacho, y finalmente ella nos los haría llegar. Era la cadena de custodia, necesaria para que ella diera fe de que no se había producido ningún tipo de manipulación.

Cada muestra fue introducida en un sobre que posteriormente se lacró para evitar cualquier indicio de manipulación (Foto: Annaïs Pascual)

Pero nuestra grabación se alargó hasta la madrugada; Luis Alamancos, a través de técnicas de microscopía pudo “adentrarse” en las caras, dejándonos estupefactos al observar a través de la pantalla del ordenador que las caras no parecían formadas por ningún material ajeno al propio cemento; allí no había trazos, ni sustancias de ningún tipo. Según nos dijo, estaba a punto de recibir un microscopio recién importado de Estados Unidos, con el que podría analizar con más detalle el interior de aquel suelo… Esa última prueba se llevaría a cabo en el segundo viaje, que tendría lugar a finales de agosto.

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Llegamos al hotel de madrugada, con gran desconcierto pero valorando la importancia de aquella jornada. Todo había salido según lo previsto; al día siguiente las muestras saldrían del despacho de la notaria, rumbo a la Universidad Jaume I. La respuesta definitiva a un enigma que ha durado más de cuarenta años estaba un poco más cerca…

Aquella noche, por cierto, sufrí unas horribles pesadillas; era como si la imagen de La Pava se hubiera quedado grabada a fuego en mi memoria. Sufrí varios desvelos durante la madrugada; me despertaba exaltado con aquel rostro bizantino observándome aún desde el techo durante unos segundos, como si intentara escapar del mundo onírico. Con sus bigotes, su expresión ambigua y su sonrisa sardónica… Con su vómito negro y los restos de lo que un día fueron sus dientes… Con aquella mirada sagaz que parece reírse, todavía hoy, de todos los que hemos pasado ante ella.

«La Pava» fue sometida a diversas luces para la prueba microscópica (Foto: Annaïs Pascual)

SEGUNDA PARTE
Agosto 2014. Tumbas sin nombre.

Durante el atardecer del 24 de agosto el cielo parecía incendiarse sobre el Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Jaén, como un terrible espejismo de lo que allí había ocurrido décadas atrás.

Me encontraba allí para grabar los últimos lugares a los que nos conducía la Operación Bélmez. Era el escenario donde tuvo lugar el trágico destino de la familia Chamorro; la historia oculta de los familiares de María Gómez Cámara, concretamente de su hermana, cuñado y sus siete sobrinas.

Una trágica historia que, irremediablemente, acabó relacionándose con el fenómeno de las caras de Bélmez, por el sorprendente parecido entre los familiares y los rostros surgidos en el número 5 de la actual calle María Gómez Cámara.

Toda aquella teoría aparecía recogida en el libro «Tumbas sin nombre», que yo había leído sobrecogido con 16 años. Y allí estaba casi una década después, recorriendo aquel denso paraje de la Sierra Morena, en busca de la casa Colomera y del cementerio de las tumbas sin nombre, donde había sido enterrada la familia junto a otras víctimas del asedio.

Iker Jiménez y Javier Pérez Campos con la Casa Colomera de fondo (Foto: José Alberto Gómez)

Me encontraba recorriendo uno de los túneles semiderruidos por los efectos de las bombas y las balas junto a mi compañero José Alberto Gómez, cuando Iker Jiménez y Carmen Porter aparecieron por la escalera situada en el lado opuesto.

Aquel era nuestro punto de encuentro, que marcaba el inicio de la segunda parte de la Operación Bélmez. Para mí era un lugar especial para el reencuentro tras el mes estival.

– ¡Vaya sitio para iniciar la aventura! – les dije, mientras nos saludábamos con afecto.

Recorrimos entonces aquel entorno mientras Iker recordaba la investigación que culminó en «Tumbas sin nombre»; atravesamos los homenajes a los caídos escritos en piedra, la Casa Colomera, con sus cuatro paredes como única oda a la horrible tragedia familiar, el cementerio con sus fosas comunes y los nombres de las víctimas grabados sobre mármol… Y todo fue registrado por nuestra cámara.

Cuando abandonamos el lugar ya había caído la noche y aún nos quedaban varias horas de camino hasta Úbeda, donde pernoctaríamos esa noche.

Una vez llegamos a nuestro destino, cenamos junto a los muros de la Capilla del Salvador. Allí, a los pies del templo funerario, intercambiamos nuestras impresiones sobre el fenómeno. No sabíamos entonces que nuestras dudas estaban a punto de resolverse…

TERCERA PARTE
Agosto 2014. La respuesta definitiva.

A la mañana siguiente me dirigí a Jaén junto a José Alberto para recoger a Clara Tahoces y Luis Alamancos, que se incorporaban al equipo aquella jornada para pasar la noche en la casa de las caras. Prometía ser una madrugada emocionante, pero éramos incapaces de imaginar que, en realidad, nuestras expectativas iban a ser colmadas con creces.

Estábamos a medio camino cuando mi teléfono vibró al recibir un correo electrónico. Cuando empecé a leerlo me quedé inmóvil. Aunque días antes José Javier Gracenea, el químico que estaba analizando las muestras, me había adelantado ciertos detalles con cuentagotas, acababa de recibir el informe definitivo del análisis de las muestras.

Leí rápidamente… “Análisis químico de las imágenes de Bélmez. Informe T2014-”… Aparecían diversas explicaciones técnicas, fotografías, gráficas… Y finalmente una conclusión: “Las técnica de microscopía SEM-EDX utilizada para el análisis de los muestras M0603 y M0604 de la piedra denominada “el pelao” no muestra diferencias significativas que no sean debidas a la heterogeneidad del material. Complementariamente, la técnica FT-IR pone de manifiesto que no ha habido manipulación externa en las muestras recogidas”.

javibelmez3Ni rastro de fraude. En aquellos instantes pasaron por mi cabeza todo tipo de ideas, razonamientos y teorías. Pero la reflexión que prevalecía con más fuerza tenía que ver con los mal llamados escépticos (más bien negacionistas), que habían mantenido durante años que aquello era un burdo fraude hecho con nitratos de plata, ácido clorhídrico e, incluso, agua (sic). Por tanto, resultaba que aquellos que tanto habían obrado «a favor de la ciencia» eran los que en realidad habían mantenido una mentira durante años. Y no solo ellos; también otros tantos periodistas y sociólogos que habían presenciado incluso el nacimiento del fenómeno.

Pero el asunto no quedaba ahí; en los días posteriores, el propio Luis Alamancos compraría las sustancias sospechosas de ser el origen del supuesto fraude para acabar demostrando que, en realidad, sus efectos sobre el cemento eran otros bien distintos al producido por las caras. Por tanto, había un triple análisis (microscópico, químico, y empírico) que descartaba cualquier manipulación (al menos conocida).

Que los resultados llegaran precisamente aquella mañana, a solo unas horas de pasar una noche en la casa de las caras, no parecía casual. Era parte del carrusel de emociones de aquella intensa e inolvidable jornada.

Todos los integrantes del equipo estábamos impresionados por lo tajante de las conclusiones. Era como si estuviéramos haciendo justicia con aquella historia censurada y manipulada. Y nuestra fe y esfuerzo estaban a punto de verse recompensados…

CUARTA PARTE
Agosto 2014. Los fantasmas del cemento.

Cuando entré de nuevo en el número 5 de la calle María Gómez Cámara, fui directo a un rostro nuevo pero a su vez antiguo. Era nuevo para mí, pues no lo había visto durante mi primera visita, pero en realidad era antiguo, porque había surgido el 10 de febrero de 1972. Así que solo había tenido la oportunidad de observarlo a través de viejas fotografías.

Cuando visité la casa en junio, allí ya no quedaba nada, pero ésta vez el rostro conocido como “El rabino” o “Valle Inclán” era muy visible.

Y es que los rostros parecían mutar, desaparecer y reaparecer a su antojo. En su día, el ya citado investigador José Martínez Romero había establecido una curiosa clasificación de teleplastias que, para mi sorpresa, parecía mantenerse vigente todavía hoy. Según él existían teleplastias dominantes (en torno a las que parecía girar el fenómeno, como «La Pava»), teleplastias fijas (que han permanecido inmutables hasta hoy, como «El Pelao»), teleplastias semifijas (las que han ofrecido variaciones, llegando a desaparecer, como «El rabino») y teleplastias fugaces (que han aparecido solo durante unos minutos ante unos pocos testigos).

Durante la tarde, Luis Alamancos hizo nuevas pruebas microscópicas con un dispositivo recién importado de Estados Unidos; aquellas imágenes volvían a confirmar la inexistencia de materiales que solaparan los poros del cemento. En definitiva: allí no había ninguna sustancia sospechosa.

Iker y Carmen observan junto a Luis Alamancos las caras de Bélmez como nunca se habían visto: desde su interior (Foto: Javier Pérez Campos)

Todo el equipo y los familiares observan con atención el histórico momento (Foto: Javier Pérez Campos)

Aprovechamos las horas posteriores para realizar barridos fotográficos y pruebas psicofónicas. Pero el momento más impactante llegó cuando, bien entrada la noche, decidimos colocar los detectores de movimiento en la casa mientras subíamos a la habitación que había pertenecido a María Gómez Cámara cuando vivía.

Nada más entrar en la estancia, tras subir una estrecha y larga escalera, nos quedamos impresionados por la humildad de la misma, algo que contrastaba con la versión de que la familia se había enriquecido con aquella historia. El suelo era de cemento sin pulir, aún con restos de arenilla, y la gran habitación solo estaba equipada con una vieja cama de matrimonio y dos mesitas de noche. En torno a ella se colocaron los hijos de María junto a Iker, mientras Carmen, Clara y yo observamos la escena sentados en un arcón en la pared opuesta.javibelmez4

Mientras los hijos iban recordando a su madre, el clima iba haciéndose más y más denso. Como si algo estuviera ya flotando en el ambiente (¿acaso nuestra propia energía, por la pura emoción, o quizá algo más?). En un momento determinado, Miguel Pereira dijo que él creía que su difunta madre estaba allí con nosotros. Fue entonces cuando el detector de movimiento que yo mismo había colocado en el salón, se activó. El pitido iba extendiéndose por el domicilio ante los sorprendidos rostros de todos los allí presentes. Pero cuando terminó de sonar, volvió a hacerlo. Así una y otra vez… Cuando Miguel y Diego pidieron a su madre que hiciera una señal si estaba con nosotros, éste volvió a saltar. Y así hasta en 27 ocasiones durante apenas veinte minutos, como si actuara con inteligencia y estuviera respondiendo a las preguntas del grupo.

– Haz una cosa, cambia el sensor del salón por el que has colocado en la escalera – se le ocurrió a Carmen ante aquella situación, ya que el aparato colocado en uno de los peldaños que daba acceso a la estancia no había saltado ni una vez.

Y así lo hice; en completa soledad caminé por la casa a oscuras. Cuando entré en el salón e iluminé «La Pava» con la linterna sentí un gran escalofrío. Observándola a través del visor verde de la nightshot parecía haber cambiado; incluso se intuía parte de la dentadura que solo le había durado unos días en la década de los 70.

Mientras, el detector de movimiento seguía saltando una y otra vez.

Lo cogí, y lo cambié por el que había permanecido silencioso en la escalera.

Al girarme y dejar atrás aquel rostro sentí que el ambiente era mucho más denso allí abajo… Y, sin saber por qué, imaginé a la antigua dueña de la casa, subiendo a solas la angosta escalinata para ir a dormir allí sola, con el recinto en el mismo silencio en que se encontraba ahora. ¿Cómo podría hacerlo con tanta tranquilidad?

Con cierta sensación de incomodidad, regresé al dormitorio junto a mis compañeros.

– Ya la he cambiado, no debería saltar otra…

Antes de terminar la frase, la alarma del sensor volvió a sonar en el salón. Era otro detector, y sin embargo, volvía a saltar. ¿Qué diablos estaba ocurriendo allí abajo?

Y el que tantas veces había saltado, ahora aguardaba en silencio… Por tanto, no estaban mal calibrados. Era algo que se encontraba en el salón.

Sin pensarlo dos veces, bajé junto a Clara Tahoces para comprobar que no había nadie en la casa. Y así era. Pero el aparato volvía a sonar delante de nosotros ante nuestro estupor.

Clara Tahoces coloca varias grabadoras en la vieja cocina de las caras (Foto: Javier Pérez Campos)

Al regresar al «campamento base», Iker pensó que sería bueno que Carmen y Clara volvieran a la primera planta a solas, para ver qué ocurría. Entonces, después de que Carmen se dirigiera amistosamente en voz alta con lo que, hipotéticamente, allí hubiera, el sensor dejó de sonar, y no volvió a hacerlo en toda la noche.
A partir de entonces la noche avanzó lenta y tranquila, pero aún quedaban ciertas sorpresas aguardando a ser descubiertas unos días después…

Una foto para el recuerdo: Los miembros del equipo junto a los familiares de María Gómez Cámara

QUINTA PARTE
Septiembre 2014. Una última reflexión…

Aquella noche devolvimos la vida a las caras con una cámara que llevaba Carmen y que era también capaz de proyectar imágenes cargadas en el dispositivo.
Proyectamos entonces fotografías de las caras en plena vigencia sobre los fantasmas del cemento. Era como si, literalmente, las hubiéramos resucitado. Porque también volvieron a surgir las voces que desde 1971 los investigadores aseguran haber captado en la casa. Casi siempre voces de niño, y casi siempre con un tono o mensaje dramático.

javibelmez5Y así volvió a ocurrir en nuestras grabadoras, que nos habían acompañado durante toda la noche; gritos, nombres o mensajes aparecían de manera sutil, solo en algunos aparatos. De hecho, tras intercambiar con Clara el material, nos dimos cuenta de que ella había grabado algunas voces que yo no, y viceversa.

Pero no solo eso; cuando estábamos ya en el plató de Cuarto Milenio, a punto de iniciar la grabación, Carmen hizo un comentario aparentemente anecdótico.

– Pues yo no sé qué le ocurrió a mi grabadora, pero cuando la dejé grabando a solas en la habitación de María, se paró a los 14 minutos y 50 segundos.

– Como la mía, 14 minutos y pico – apuntó Clara.

Me quedé de piedra. En la grabación de mi iPad solo había 14 minutos. En un principio pensé que se había quedado sin espacio, pero en casa comprobé que no. Era como si todos los grabadores hubieran dejado de funcionar a la vez.

Aquel detalle podría haber pasado desapercibido de no haber sido por aquella puesta en común casual.

Tras la inolvidable aventura he reflexionado mucho sobre lo que allí ocurrió, y sobre las posibilidades que abre el análisis químico realizado en las instalaciones de una Universidad española.

He llegado a pocas conclusiones, salvo que nuestra actitud pudo ser clave para «activar» lo que allí ocurrió esta noche. Y es que, tras revisar las imágenes de la investigación, noto las voces de todos los miembros del equipo quebradas por la emoción, incluso pueden parecer exageradamente impresionadas; sorprendidos a cada instante, pese a que Iker y Carmen llevan viajando al lugar más de veinte años. Quizá esa capacidad de sorprenderse y esa apertura mental fue clave para que algo decidiera manifestarse. Porque sabía que no sería en vano; sabía de su importancia para aquella panda de locos. Sabía de nuestra honestidad y, quizá también, de nuestra fe.

Todo esto son solo teorías; hipótesis que se abren paso tras la última palabra de la ciencia. Pero, parafraseando a Arthur Conan Dolye: «Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad».

Y quizá ahora que ya sabemos cuál no es la verdad estemos un poco más cerca de ella…

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