Los grandes escondites de momias

17 Septiembre, 2014  por  Redacción     No comments

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Una abrumadora mayoría de tumbas egipcias fueron saqueadas ya en la Antigüedad. Muchas de ellas, tumbas de los reyes del Imperio Nuevo, las que se extienden a lo largo y ancho del Valle de los Reyes o en el resto de la orilla oriental de la antigua Tebas, aparecieron absolutamente vacías después de que, además del trabajo de los ladrones, algunas de ellas fueran empleadas como cuadras o casas improvisadas de visitantes del valle a lo largo de la historia. Entonces, ¿dónde aparecieron las veintisiete momias reales que se conservan el Museo de El Cairo? Para responder a esta pregunta tenemos que escudriñar en el archivo del tiempo y navegar con la imaginación hasta una fecha indeterminada del último tercio del siglo XIX. Nos espera una auténtica aventura de policías que dio pie a uno de los hallazgos más importantes de la arqueología moderna. Los escondites de las momias reales.

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Vista de la colina tebana de Luxor entre cuyas arenas se escondía una tumba misteriosa

El tráfico de antigüedades

A mediados del siglo XIX la reciente egiptomanía, nacida a partir del éxito de la expedición de Napoleón en 1798 y sobre todo después de la traducción de los jeroglíficos realizada por Jean François Champollion en 1822, comenzaba a tener su reflejo en el propio Egipto en forma de grandes hordas de visitantes. Es en esta época cuando el empresario Thomas Cook, célebre por haber fundado una de las agencias de viajes más importantes del mundo, tuvo la genial idea de comprar los antiguos barcos que ya no se utilizaban en las rutas por el Mississippi para emplearlos en Egipto. De esta manera nacieron los populares cruceros que tanto éxito tienen todavía hoy en el Nilo. Los visitantes venían de todas las partes del mundo. Bajo su brazo tenían una consigna común: llegar, ver y llevarse algún recuerdo. Durante este período la situación política y social en Egipto no era la mejor, con el añadido de que no existía ningún control de las antigüedades ni de los monumentos. Este freno al descontrol del patrimonio no llegaría hasta que Auguste Mariette fundara en 1858 el Servicio de Antigüedades de Egipto (hoy Consejo Superior para las Antigüedades), una institución que comenzó a controlar las excavaciones, realizar publicaciones científicas y, en definitiva, realizar todo aquello que salvaguardara para un futuro el legado arqueológico del Egipto faraónico. Sin embargo, hasta la llegada de Mariette la situación del país guiada de la mano del déspota Mohamed Alí, era un auténtico caos.

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Ushebti de la reina Henut-Tawy, una de las primeras piezas aparecidas en el mercado negro descubierta en la tumba desconocida

Así las cosas, nuestra historia comienza cuando Gaston Maspero, sucesor de Mariette al frente del Servicio de Antigüedades empieza a detectar ciertos movimientos extraños en los anticuarios de la ciudad de Luxor. Se trataba de papiros y especialmente ushebtis (figuras funerarias que sustituían al difunto en el más allá) que pertenecían al faraón Pinedjem II y que por su extraordinaria belleza y buena conservación adquirían en el mercado de la ciudad precios increíbles. La situación parecía seria y obligaba a las autoridades a actuar de una manera rápida y contundente contra los saqueadores de tumbas. Maspero decidió entonces introducir en el mercado de antigüedades de Luxor a una persona cercana al Servicio pero que nadie conociera en el lugar.

El más indicado para realizar esa función era un arqueólogo norteamericano llamado Charles Edwin Wilbour, antiguo alumno de Maspero en París, y que por su residencia habitual en El Cairo, pasaría totalmente desapercibido en la ciudad del sur. Wilbour comenzó a frecuentar los anticuarios de Luxor en busca de alguna pista que le pudiera llevar hasta los saqueadores de tumbas. En un primer momento fue adquiriendo pequeñas piezas, apenas sin importancia, con el fin de no llamar la atención. Fueron pasando las semanas a la vez que adquiría confianza con algunos de los vendedores quienes, viendo el buen gusto y los extraordinarios conocimientos en arte egipcio del americano, le proporcionaban aún mejores piezas para su colección particular. No tardó en llegar el día en que uno de los anticuarios, sin sospechar de Wilbour, le pasó a la trastienda de su pequeña tienda. Allí el americano pudo conocer a Ahmed Abd el-Rassul quien le ofreció auténticas antigüedades de las dinastías XVIII y XIX. Tras adquirirlas, Wilbour descubrió que estaba sobre el camino correcto.

Siguiendo las pesquisas iniciales, Maspero descubrió que Ahmed Abd el-Rassul pertenecía a una importante familia de la aldea de Gurna cuya tradición en el saqueo de tumbas se perdía en la noche de los tiempos. Después de realizar las pesquisas correspondientes el Servicio denunció a la familia Abd el-Rassul acusándola de la venta ilegal de antigüedades. Sin embargo, nada resultó tan fácil como se había previsto en un principio. Y es que, detrás de la familia Abd el-Rassul existía la presencia de un rico magnate de la zona, Mustafa Agha Ayat, quien se encargó de comprar el testimonio de falsos testigos que defendieran a la familia en el juicio. Ni siquiera los duros métodos empleados en los interrogatorios por parte de la policía egipcia pudieron llevar a buen fin la investigación emprendida meses antes por Maspero. Desesperado por esta farsa, el francés aprovechó el momento para regresar momentáneamente a París y olvidarse un poco de los problemas burocráticos con el gobierno egipcio que, para colmo, no hacía nada por evitar los saqueos de tumbas.

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Entrada a la DB320, apenas un agujero en la roca escondido entre las paredes de un circo rocoso de la Montaña Tebana

Un hallazgo inesperado

Sin embargo, un golpe de suerte hizo girar la situación en la ausencia de Maspero. A pesar de la compra de testimonios, el cerco se fue cerrando cada vez más sobre la familia de la aldea de Gurna. Así, uno de los miembros Abd el-Rassul, Mohamed, presagiando que su propia familia le iba a acusar tomándole como cabeza de turco, prefirió adelantarse a los acontecimientos y denunciar a las autoridades la ubicación exacta de la famosa tumba que tanto tiempo llevaba buscando el Servicio. Según relató a las autoridades, en 1871 él y su hermano Ahmed descubrieron en los riscos de Deir el-Bahari un antiguo depósito repleto de momias. A lo largo de esa década, la familia había visitado esporádicamente la tumba con el fin de no llamar la atención, sacando algunas piezas importantes al mercado muy de cuando en cuando, siempre que hubiera necesidad de ello.

Debido a la ausencia de Maspero, su segundo en funciones, el alemán Émile Brugsch, otro inspector del Servicio y el propio Mohamed Abd el-Rassul, la mañana del miércoles 6 de julio de 1881 se encaminaron hasta los riscos de Deir el-Bahari. Hasta allí, en la zona oriental, a la izquierda de los grandes templos de Mentuhotep y de la reina Hatshepsut, los dos egiptólogos fueron guiados por el egipcio hasta alcanzar un estrecho agujero perfectamente disimulado en la roca. Tras descender por un pozo de más de 13 m, Brugsch accedió a un pequeño pasillo de poco más de 8 m de longitud. La escasa luz de la tumba provocó que el alemán tropezara inmediatamente con unas cajas grandes de madera. Eran sarcófagos; no uno ni dos sino decenas de ellos. A medida que la vista se fue haciendo a la luz, Brugsch no daba crédito a lo que veían sus ojos. Sin embargo, el auténtico éxtasis sobrevino cuando se acercó a leer las tapas de los sarcófagos y las etiquetas de las vendas de algunas de las momias. Fue entonces cuando pudo comprobar que tenía ante sí la mayor colección de momias reales jamás encontrada. Allí estaban impasibles al paso del tiempo los cuerpos de los reyes y reinas más importantes de una de las etapas más poderosas de la historia de Egipto.

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Mohamed Abd el-Rassul posa ante la entrada de la DB320

La tumba tenía forma de “L”. Tras cruzar la esquina del primer pasillo se abrió otro aún más largo -casi 70 metros de longitud- dividido en tres niveles diferentes separados por dos pequeñas escalinatas de cinco y cuatro peldaños respectivamente. A mitad del pasillo, entra las dos escalinatas había una pequeña habitación. Al final de este segundo pasillo se encontraba la segunda cámara. Y entre medias, los arqueólogos encontraron los sarcófagos reales con las momias y restos de los ajuares funerarios empleados por algunos de los faraones. La tumba parece que fue empleada por última vez por la familia de Pinedjem II hacia el 935 antes de nuestra Era.

En orden alfabético, estas son las momias descubiertas en 1881 en el escondite de Deir el-Bahari, catalogado posteriormente como DB320. Ahmosé Hentepet, Ahmosé Henuttimehu, Ahmosé Imhapi, Ahmosé Merytamun, Ahmosé Nefertari, Ahmosé Sipair, Ahmosé Sitkamose, Amenofis I, Amosis, Baket, Djedptahiufankh, Henutaui, Isetemkheb, Maatkare Mutemhet, Masaharta, Neskhons, Nestanebtishru, Nedjmet, Pinedjem I, Pinedjem II, Rai, Ramsés II, Ramsés III, Ramsés IX, Sequenenre Ta, Seti I, Siamun, Sitamun, Tauheret, Tutmosis I (?), Tutmosis II, Tutmosis III.

Ladrones de tumbas ya en la Antigüedad

A este nutrido grupo había que añadir otras ocho momias desconocidas, y que no necesariamente tuvieron que pertenecer a miembros de la realeza. Posiblemente fueran algunos sacerdotes de la época de la XXI dinastía o nobles cercanos a las familias de los reyes. Los textos conservados en las momias o en algunas inscripciones de las paredes daban a entender que todo aquel desbarajuste de momias se debía a una pía intención de los sacerdotes de la dinastía XXI. Con el fin de evitar los saqueos en el Valle de los Reyes, se habían trasladado a este escondite muchos de los cuerpos reales que reposaban en tumbas cuya ubicación todavía era conocida en aquel momento. La suerte hizo que si bien sus tumbas fueron saqueadas hasta la saciedad, sus momias al menos llegaran prácticamente intactas hasta hoy.

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Salida de los ataúdes aparecidos en la DB320 en un grabado de la época

Pero la anécdota que más sobrecogió a los egiptólogos en la época del descubrimiento del escondite fue la reacción de los propios habitantes de Egipto al conocer la noticia de un hallazgo de esta envergadura. Para evitar cualquier tipo de contratiempo, el Servicio de Antigüedades decidió enviar lo antes posible a El Cairo todos los sarcófagos con las momias y los ajuares. Trasladados hasta la orilla del Nilo y embarcados en un transbordador, para sorpresa de los egiptólogos, y según una leyenda, las momias reales recibían el calor de los campesinos quienes a su paso lanzaban salvas al aire, mientras que las mujeres se desgarraban los vestidos y lloraban por los muertos que antaño dieron tanta gloria al país del Nilo.

En la actualidad cualquiera que se acerque a visitar la cercana aldea de Deir el Medina, muy cerca de Deir el-Bahari, puede llegar desde allí hasta el antiguo escondrijo de momias DB320. Muy cerca del poblado, se encuentra en el extremo noreste un templo ptolemaico. Allí se puede contactar con algún guarda que por unas pocas libras te acerca hasta la ubicación del escondrijo. No se tarda más de 15 minutos y si bien no se puede entrar en la tumba propiamente dicha, solamente el poder encontrarse en este lugar casi mágico para la historia de la egiptología proporciona una sensación un tanto singular.


El sueño de los faraones, de Nacho Ares

El sueño de los faraones, de Nacho Ares

Egipto, s. XIX.

El descubrimiento de un importante escondite de momias reales en Deir el-Bahari esconde un misterio que se remonta a muchos siglos atrás…
Nadie debe profanar el sueño de los faraones…

Características:
Título: El sueño de los faraones
Autor: Nacho Ares
Editorial: Grijalbo
ISBN: 9788425351426
15,1 x 23 cm. 464 páginas. Tapa blanda con solapa.

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