Revenants: superstición, tradición y leyenda

7 diciembre, 2014  por  Redacción     No comments

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Al principio no había nada. Ni daga. Ni bala de plata. Ni estaca. Ni ajo.

No había nada. Solo oscuridad. La misma que cobija en la noche al delincuente o al que no trama nada bueno. Ese fue su origen, y de ahí nacería el mito.

Pero no, no fueron los Cárpatos ni los Urales la tierra de aquellos que volvieron de la muerte para quedarse. No. No son los hijos de Vlad Tepes, ni del conde Orlok, ni de “Dracul” el “nosferatu”.

Son de cerca de nosotros. De ti, de mí. Muy patrios, casi tanto como desconocidos. Ocurrió solo durante un periodo muy concreto de tiempo. Nunca antes, nunca después. Por un motivo que se escapa al siempre neblinoso contexto de la Historia, se utilizó un ritual de extraña muerte con algunos cuerpos. Ya existían los cementerios, pero se optó por la caverna, quién sabe por qué fuerza o motivo, guiados como por algún deseo ulterior de negar el retorno de las ánimas de aquellos a quienes encerraron en la zona más remota de las oscuras y húmedas cavernas. En algunos casos les destrozaron los cráneos, en otros, los colocaron entre las piernas. ¿Por qué?

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Porque esos que retornaban de su estado de muerte, sembraban el pánico y portaban enfermedades, porque traían el mal en sus ojos. Porque todo lo relacionado con ellos era oscuridad.

cita-revenantsLa oscuridad que permite al fugitivo una suerte perniciosa de clandestinidad… en esa oscuridad, una noche cualquiera, aquellos se levantaron de sus tumbas, sus dedos se movieron, los brazos se agitaron y los ojos se abrieron. Con sed de sangre, sin ningún buen deseo. Clamando quién sabe a qué justicia, divina o profana, que aplacase su ansia de teñirse los labios de miedo.

La literatura se ha encargado, gracias entre otros a Bram Stoker, de darnos el kit del “vampiro perfecto” o del superviviente infalible. Pero antes que eso, mucho antes de la fabulación romántica de castillos escarpados y hermosas vírgenes semidesnudas, un terror lento, callado y oscuro, secuestraba el aliento y el espíritu a los que se topaban con los venidos de más allá del inframundo.

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¿Quién no podría sentirse fascinado por un personaje similar? Alguien a quien no le pesa el sueño, taciturno y empedernido de la madrugada silenciosa, meditabundo, casi huraño. Enigmático. El arquetipo de perfecto galán de pérfida naturaleza.

Fuego, ceniza, polvo, sangre y muerte. Su cóctel irredento. Su artimaña infernal. Y para ello, paja, polvo, sudor y un cementerio, que literalmente, pudimos quemar, para ilustrar en la recreación, una “caza de brujas” en pos de la purgación de las gentes. Nuestro país se prodiga en personajes inquietantes, no solo los revenants, sino también la Santa Compaña o los famosos “sacamantecas”.

Pero… ¿Realmente logran fascinarnos tanto como la figura del vampiro? ¿De aquel esbirro del diablo que posee una fuerza titánica y es capaz de transformarse en distintos animales para esconderse o poder volar? Al final no es más que un “superhéroe” con intenciones no del todo claras, una especie de cumplidor de sueños astrales en el insaciable anhelo humano.

Con esa irónica fragilidad que casi nos genera empatía, con esa duda constante de saber si son solo ficción o quizá alguna horrible y oculta verdad, se esconde el sinuoso origen de esta quimera.

Los enemigos de la luz, de lo mágico, de lo elevado…

Aquellos que tienen el alma más oscura que el abismo que asoma hasta las puertas del Hades.

 

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